Empezaré diciendo que el Dogma de la Inmaculada Concepción no se trata sobre Jesús en el vientre de la Virgen María sino más bien se trata de la Virgen María en el vientre de su madre, Santa Ana.

Este dogma no se aprecia claramente en las Escrituras y para llegar a el se tuvo que escudriñar la tradición de la Iglesia y su sentido común, ya que en los inicios del cristianismo los Santos Padres no buscaron darle una solución a esta interrogativa, sin embargo la Inmaculada Concepción de María esta impresa en las enseñanzas de estos mismos Padres.

Existen principios que dejaron sentadas estas enseñanzas patrísticas (de los primeros padres de la Iglesia): “La Recapitulación” y “La Exaltación de la Pureza de María”. La Recapitulación es el estudio del paralelismo entre Eva y María. La primera, que desobedece a Dios y crea todo un nudo causando el pecado en la humanidad y la segunda que obedece humildemente y desenreda ese nudo haciéndose corredentora de la humanidad.

Por otro lado está la Exaltación de la Pureza de María, que para los santos padres radica en su calidad como Madre de Dios (Teotokos); esta pureza la sustentan en toda una tradición derivada de los apóstoles.

Esta pureza de María fue cuestionada –como explique en el “Dogma: Madre de Dios”-  por la herejía nestoriana,  pero aparecerá por esa época, otro “iluminado” de nombre Pelagio que distorsionará el concepto del pecado original y por ende que repercutirá en María. ¿Cómo?

El pelagianismo (llamado así por Pelagio, monje británico) negaba la existencia del pecado original y que este le correspondía sólo a Adán por ser él quien pecó, por consiguiente toda la humanidad nace libre de pecado y el bautismo no tiene sentido, porque la Gracia de Dios no juega ningún papel para la salvación del hombre. El hombre se salva sólo por sus buenas obras.

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Negar que nadie tiene pecado original es decir que todos se encuentra en la misma categoría de la Virgen, por consiguiente Jesús pudo haber nacido tranquilamente de  Rosita Condori-Smith, Chabuca Chamochumbi, Guadalupe Hernández, Antonia García, Francesca Nicolini  o de Teresa Ingunza Zapata de Cobarrubias, -por nombrar cualquier nombre-. Jesús no es un hombre cualquiera, por eso es que su Madre no puede ser una mujer cualquiera… nosotros no estamos en la misma categoría de la Virgen. Esta herejía del pelagianismo la condenó la Iglesia en el año 417, en el Sínodo de Cartago (donde actualmente está Tunez).

Ante esta “teología de Pelagio” muchísimos Padres de la Iglesia en Occidente –hoy santos- y del Oriente, salieron a defender y sustentar la creencia de la Iglesia respecto al dogma del pecado original, basándose en una infinidad de elogios a la pureza de la Virgen María… madre de Jesucristo.

Ahora bien, haciendo honor a la verdad, María sí debió contraer el pecado original por ser descendiente de Adán, pero no lo contrajo porque fue preservada y esto la Iglesia lo llama “Privilegio”, de ahí la mención que se le hace al decir: “María, la Privilegiada”. La Mariología (Teología Mariana) resume la aptitud  de Dios frente a la Inmaculada Concepción de María en cuatro palabras: “Potuit, Decuit, Ergo Fecit”: “Pudo, Convino, Luego Hizo”. Podía hacer a su Madre Inmaculada, Convenía que lo hiciera por su misma honra y por eso Luego lo Hizo.

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María recibió este privilegio como una gracia totalmente gratuita de Dios, por los méritos de Jesucristo. Dios preparó el vientre que iba a ser el primer sagrario de su Hijo y por eso tenía que ser puro, tenía que ser santo, tenía que ser inmaculado.

Con el pasar de los siglos siempre se mantuvo la creencia de que María no tuvo pecado original por ende su concepción fue inmaculada. Si bien es cierto que esta idea estuvo presente en la Iglesia de Occidente (Europa), también estuvo y de manera más enraizada en las Iglesias del Oriente (Constantinopla –hoy Estambul, capital de Turquía-), Alejandría -en Egipto- y demás).

A pesar que la festividad litúrgica de María como Inmaculada ya estaba presente hacía siglos, no estaba teológicamente establecida por la Iglesia. El Papa Sixto IV inició una serie de posturas a favor de la idea de la Inmaculada Concepción, aunque no tomó una postura definitiva. El Concilio de Trento (1546) no consideró a María como portadora del pecado original pero tampoco lo afirmó como dogma. El Papa Alejandro VII se declaró públicamente a favor de la Inmaculada Concepción a través de la Constitución Apostólica “Sollicitudo Omnium Ecclesiarum” (“Preocupación de todas las Iglesias”)  el 8 de diciembre de 1661.  El Papa Clemente XI aprobó en 1708, como precepto, la fiesta de la Inmaculada Concepción para la Iglesia Universal.

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El 02 de febrero de 1849, el Papa Pío IX, hizo una encuesta sobre la concepción inmaculada a través de su encíclica “Ubi Primun” (“Tan Pronto Como”) y de los 603 obispos encuestados 546 (90.5 %) estuvieron a favor, por lo que 6 años después, el 8 de diciembre de 1854 se pronuncia la fórmula de la verdad de fe elevándola al grado de Dogma: “Declaramos, pronunciamos y definimos, que la doctrina por la cual se dice que la beatísima virgen María en el primer instante de su concepción, por gracia singular y privilegio de Dios Omnipotente y en vista a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, ha sido preservada inmune de toda mancha de la culpa original, es revelada por Dios y por lo tanto debe creerse firme y constantemente por todos los fieles”.

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Este dogma significa que la Virgen María desde el mismísimo instante en que fue concebida en el vientre de su madre (Santa Ana), fue preservada de toda mancha de pecado original y por ende es –como dice la iglesia ortodoxa (del oriente)-:  “Panagia”… ¡la toda Santa!


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